Reseña “¡Viva el socialismo!”, de Thomas Piketty.

Opinión Personal

Cuando un economista publica un libro de 700 páginas y el libro se convierte en un superventas, hay que leerlo. Cuando publica dos volúmenes y ambos se convierten en éxitos de ventas, no leerlos es casi un pecado intelectual. Thomas Piketty es el autor que logró ese milagro. Aunque, desgraciadamente, mucho me temo que sólo ha sido un triunfo en ventas. Un éxito como el de aquellos documentales de la “dos” de TVE, con bajísimos índices de audiencia, pero que todo el mundo aseguraba ver. Thomas Piketty es ese tipo de autor cool del que todos tienen un libro, pero nadie lee. De hecho, en un estudio realizado a partir de los usuarios de kindle, apenas nadie pasa de la página 26, con un índice de lectura del 2,4% (según publicó Libre Mercado allá por 2014, fecha de su primer gran superventas internacional, El Capital en el siglo XXI). Y es que Piketty puede llegar a ser muy pesado y farragoso, incluso pedante en algunos momentos. Alguna vez lo he definido como un <<filósofo alemán reflexionando acerca de una tabla de Excel>>. Sin embargo, es tal la difusión de su trabajo, que no leerlo resulta imperdonable. Más aún si nos regala una obra como ¡Viva el Socialismo! que se aleja bastante del tono habitual del autor, siendo un libro de lectura mucho más ágil –y breve, poco más de 280 páginas –que los anteriores.

Y es que su último libro es una compilación de sus artículos publicados en Le Monde desde septiembre de 2016 hasta julio de 2020. Esta característica de la obra la hace más atractiva para muchos lectores; pero le hace perder parte de la cohesión y profundidad de sus obras anteriores. Además, las lógicas referencias a la realidad francesa, hacen que muchas páginas resulten ajenas a la realidad del lector hispano. Con todo, considero que quien no haya leído el Capital en el siglo XXI (2013) y sobre todo Capital e Ideología (2019), o se haya quedado a medio camino en su lectura, ahora tiene una oportunidad de oro para acercarse al pensamiento de uno de los economistas más disruptivos y de moda de las últimas décadas.

Lo que más me ha gustado:

  • La visión europeísta de sus propuestas. Europa es el problema y la solución. El proceso de construcción de la UE consagró un modelo de dos velocidades, una Europa de desigualdades territoriales, que inexorablemente ampliarían las desigualdades sociales de cada país, en un lento pero continuo deterioro de las clases medias y el consecuente hundimiento del estado del bienestar. No obstante, en el contexto actual, la solución sólo puede llegar desde una mayor integración política, económica, fiscal y social.
  • Es particularmente interesante el capítulo que dedica al “Síndrome Catalán”, que enfadará mucho a los independentistas, pero que explica en muy pocas páginas, la naturaleza del problema: una Europa que ha fomentado la competitividad hasta límites insostenibles. Un modelo que imposible que promueve “la integración en un gran mercado europeo y mundial, sin ninguna obligación real de solidaridad y financiación de los bienes públicos”. Europa, con su desastrosa gestión, que ha perjudicado a España más que a otros muchos países, ha contribuido a creer que se Cataluña puede llegar a convertirse en la Luxemburgo del Mediterráneo. Pero, ¿acaso es ética la competencia fiscal que existe dentro de la UE? Una cuestión que España también tiene que preguntarse, pues el Estado ha ido demasiado lejos en la transferencia de impuestos a las Comunidades Autónomas, permitiendo que estas compitan entre sí, de forma desleal, como llevan años haciendo, en perjuicio de las demás, Comunidades como Madrid o la propia Cataluña.
  • El autor nos recuerda la propuesta del T-Dem, una propuesta de Tratado por la Democratización de Europa que surgió en Francia, de la mano de un conjunto de intelectuales, pero que rápidamente los medios de comunicación lograron silenciar para que en países como España o Italia no se llegara a conocer.

 

Puntos débiles:

  • No se muestra tan crítico como en otras ocasiones con la izquierda actual. Recordemos que Piketty ha sido de los autores de izquierdas más críticos con la propia izquierda, con su posmodernismo absurdo y su visión “brahmánica” de la sociedad y la política.

 

En Resumen:

Leer el libro es comprender que los trabajadores, autónomos y pequeños empresarios de Francia, Italia, España, Portugal o Grecia, enfrentamos los mismos problemas, con las mismas raíces en el mal funcionamiento de la UE, y que sólo podremos involucionar esta situación desde la construcción de un Federalismo Social.

 

Contenido Extra:

Una opinión personal y crítica acerca del <<fondo>> de la obra y el pensamiento del autor.

Confieso que hay muchas cosas del autor con las que no estoy de acuerdo. Sus argumentos, profusamente argumentados desde la econometría y los datos históricos, son incuestionables. El problema es que el foco de sus análisis se centra en una cuestión discutida y discutible desde su origen. Thomas Piketty enfrenta el problema de la desigualdad, haciendo de la igualdad el primer y más importante objetivo de la sociedad. Sin embargo, algunos pensamos que el objetivo debe ser acabar con la pobreza, cuestión a partir de la cual se pueden generar las oportunidades que construyan una sociedad justa. La igualdad, visto desde ese punto de vista, representa el papel de un actor secundario en el proceso. No es que no sea importante, pero no es determinante, como ocurre en la obra de Piketty (1). Además, en sus propuestas, hay mucho acerca de lo que discutir. En especial, esa obsesión por subir impuestos. Obsesión que no cuenta con razones objetivas para defenderla, siquiera cuando hablamos de igualdad.

El índice o coeficiente Gini mide la igualdad de ingresos, siendo cero una población totalmente igualitaria y el uno representaría una sociedad totalmente desigual. En el cero, toda la renta se repartiría a partes iguales entre toda la población, mientras que en  el uno toda la renta la acapararía una sola persona. Pues bien, según este coeficiente, el país más igualitario del mundo es Islandia, seguido por países como Eslovaquia o Eslovenia, número dos y tres en el ranking. Bien, pues Islandia es uno de los países de la OCDE con impuestos más bajos. El tope máximo del impuesto de sociedades en Islandia es del 20% y el 31,8% en impuesto de la renta de las personas físicas. Tampoco tienen impuesto de patrimonio. Eslovaquia también tiene impuestos más bajos que España; en concreto un impuesto de sociedades al 21% y un impuesto sobre la renta de las personas físicas con un máximo del 21%, con  un IVA del 20% y un tipo reducido muy amplio del 10%. En Eslovenia, por su parte, el impuesto de la renta de las personas físicas es similar al de España, pero la imposición a sociedades es del 19% y no existe impuesto sobre el patrimonio. Islandia, Eslovaquia y Eslovenia ocupan los tres primeros puestos del ranking de sociedades igualitarias, España ocupa el puesto 61. Esto demuestra que no existe, de facto, ninguna correlación entre elevadas imposiciones fiscales y mayor nivel de igualdad.

Podríamos fijarnos, también en el Índice de Desarrollo Humano (IDH). Este indicador valora cuestiones tan distintas como la esperanza de vida, el poder adquisitivo, el nivel educativo medio de la población o el acceso a servicios públicos como la sanidad o la educación. Busca, en definitiva, objetivar algo tan subjetivo como “la calidad de vida” en un país. Bien, pues en el ranking del IDH, el primer país es Noruega, el segundo Irlanda. Noruega es un país con una elevada presión fiscal y un peso muy elevado del gasto público en su PIB. En Irlanda ocurre justo al revés. De hecho, Irlanda es uno de los países de la UE con menores tasas impositivas. Su impuesto de sociedades ha subido al 12,50% por imposición de la UE. Lo que demuestra que existen muchos caminos para llegar al mismo objetivo. Y no todos tienen que pasar por subir impuestos.

España ocupa un respetable puesto 21 en el ranking del IDH, pero por debajo de países como Luxemburgo (20), Suiza (3), Países Bajos (8)… con tasas impositivas mucho más bajas. Lo que demuestra que la cuestión fiscal y la vía de transferencia de rentas para lograr una mayor igualdad y un mayor desarrollo social, no es la única vía. Siquiera es la mejor.

No obstante, Piketty tiene razón al criticar el incremento de la desigualdad en países como Francia, Italia y España, y en general, en el conjunto de la zona euro. Desde la entrada en vigor del euro, las desigualdades no han hecho más que crecer en el viejo continente, acelerándose el proceso durante la crisis del 2008. Entre 2007 y 2017, las rentas del 10% de la población más rica creció un 24%, mientras que las rentas del 90% de la población más pobre, creció menos del 2%. En los últimos 25 años, el IPC ha crecido alrededor de un 40%, mientras que los salarios sólo han crecido un 10% en ese mismo periodo; lo que en la práctica indica una caída en el poder adquisitivo de un 30% de media. O lo que es lo mismo, la destrucción de la clase media. Y la sociedad del bienestar es una sociedad de clases medias. Si se destruye la clase media, la sociedad del bienestar se hunde. Así de simple.

No es recibo que en la actualidad, en España, un 20% de la población perciba rentas por debajo del 60% de la media nacional. Urge tomar medidas decididas para involucionar este proceso. El incremento de la desigualdad lleva aparejado el aumento de la pobreza, el fin de la clase media, mayor inseguridad, aumento de la violencia, quiebra de la paz social e incluso pone en peligro la convivencia y la democracia.

Hacen falta medidas urgentes que corrijan los desequilibrios de nuestras economías y palíen la brecha social que se abrió desde la llegada del euro, y en especial como consecuencia de las políticas austericidas de la Unión Europea. Y estas sólo pueden llegar desde una reconstrucción completa de Europa, cuestión en la incide mucho –y con acierto –Thomas Piketty en su libro.

Necesitamos una integración fiscal y política. Europa no puede seguir siendo un espacio de competencia feroz, sin normas fiscales comunes, ni corresponsabilidad en la deuda y despreocupada por el bienestar social de todos los europeos. Es algo que alguno llevamos décadas exigiendo. La Europa vía Maastricht es la Europa de las dos velocidades, la Europa de las desigualdades. Una Europa condenada al fracaso, que puede llevarse por delante muchas de las democracias que tanto esfuerzo costaron que lograran consolidarse durante el siglo XX.

No comparto la vía fiscal como única solución a los problemas. Las transferencias de renta, sean directas o indirectas, aunque necesarias hasta cierto límite, no acaban por sí solas con el problema. Al contrario, a medio y largo plazo pueden causar muchos más desajustes y problemas que los que buscaban solucionar. Pero es evidente que necesitamos una reforma fiscal europea. Igual que una reforma de las instituciones de la UE y de las administraciones públicas de los distintos Estados. Una Europa del siglo XXI necesita de instituciones del siglo XXI, fiscalidad del siglo XXI y una administración del siglo XXI, alejada de los criterios de un fordismo obsoleto aún vigente en la organización de las administraciones públicas.

 Existen otras medidas, algunas también apuntadas en la obra de Piketty, como la cogobernanza de las empresas, integrando a los trabajadores en los Consejos de Administración de las empresas. Entre un 36% y un 50% en el caso de los países del centro y norte de Europa. La presencia de los trabajadores en los órganos de decisión de las empresas, impuestas hace décadas por ley en Alemania, Dinamarca o Noruega, reduce la desigualdad salarial dentro de las empresas, corresponsabiliza a los trabajadores de la buena marcha de las empresas y los compromete con los planes estratégicos, e impide situaciones vergonzosas como la que estamos cansados de ver en España: que empresas con beneficios millonarios despidan a gran parte de su plantilla, como está ocurriendo con la banca anta la pasividad de los gobiernos, partidos políticos, sindicatos y sociedad en general.

Esta medida de integrar a los trabajadores en los Consejos de Administración fue una reivindicación histórica de los sindicatos alemanes y de los países del norte de Europa. Fue difícil de lograr. Pero se consiguió, demostrando que una reformulación de las relaciones entre el poder y la propiedad beneficiaban a largo plazo en términos de productividad, competitividad, sostenibilidad y bienestar. Por desgracia, los timoratos sindicatos españoles esa cuestión ni se la plantearon nunca. No es de extrañar que en la actualidad los sindicatos estén aún peor valorados que los partidos políticos.

En definitiva, que aunque no se esté de acuerdo con todas las propuestas de Piketty, hay muchísimas razones para que su libro se convierta en libro de cabecera de un proceso social que reinvente Europa.

 

Y centrándonos en España:

Algunos datos que explican la situación y porque hay que leer a Piketty:

  1. Evolución del tipo efectivo sobre los beneficios que pagan las empresas en España por Impuesto de Sociedades:

              1995: 19,10%

              2000: 21,42%

              2005: 19,69%

              2010: 8,95%

              2015: 9,83%

              2020: 8,30%

 

  1. España pierde 3.700 millones al año por la evasión fiscal hacia paraísos fiscales. Es decir, el 14% de la recaudación por Sociedades.

 

      3. España es el TERCER PAÍS MÁS DESIGUAL DE EUROPA.

     

      4. Evolución de los salarios en los últimos 40 años en España:

           El 90% de los salarios más bajos: +26%

           Entre el 90-99%: +64%

           El 1% de los salarios más altos: +160%

           El 0,1% más alto: +345%

 

Nota 1: hablamos de la igualdad material o económica, de la igualdad en la propiedad y la renta, en términos exclusivamente económicos. No cabe debate –pues es de naturaleza distinta –en lo referente a la igualdad de derechos y libertades, la igualdad ante la ley; igualdad a la que hacía referencia el lema “Libertad, Igualdad y Fraternidad”, del que somos vehementes y activos defensores.

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