Los fuegos de Laroya.

Un pueblo azotado por más de 300 incendios de origen desconocido. Ni la mano del hombre, ni alteraciones geológicas, ni radiaciones solares explican lo sucedido, que continúa siendo un enigma más de medio siglo después.

 

Escucha nuestro podcast en “Días de Radio” (Candil Radio) – (26/11/2020)

 

Después de muchas semanas recordando algunas de las leyendas y misterios más interesantes de nuestro maravilloso país, nos apetecía mucho volver a nuestra patria chica, a nuestra queridísima Almería, la cual, también está plagada de misterios y leyendas que la hacen uno de los lugares más enigmáticos de la Península Ibérica. No en vano, somos la tierra con más horas de luz solar de toda Europa, con lo que ello supone desde una perspectiva simbólica, y una de las razones por las que surgió en Almería una de las escuelas sufís más importantes de todos los tiempos, cuestión a la que esperamos poder dedicarle algún día un espacio. Pero hoy toca recordar uno de los sucesos más extraordinarios y terribles de nuestra historia: los fuegos de Laroya, las más de 300 combustiones espontáneas que aún hoy en día constituyen un enigma irresoluble.

 

El pueblo de Laroya.

Laroya es un pequeño pueblo de la Sierra de Filabres, en el partido judicial de Purchena, con una población de menos de 200 habitantes, cercana a Macael, capital de la Comarca del Marmol, municipio del dista apenas 8 kilómetros. Junto con la agricultura, tradicionalmente centrada en el olivar y el almendro, en la actualidad su principal actividad económica es el turismo rural. Su riqueza natural y belleza paisajística atrae a muchos urbanitas que buscan desconectar del estrés de las ciudades, pero también se ha convertido en un lugar donde reiniciar una vida más auténtica y sencilla. De hecho, el neo-ruralismo está muy presente en este pueblo que ha visto aumentar su población en casi un 70% en los últimos 20 años como consecuencia de la llegada de nuevos residentes, tanto españoles como extranjeros, que buscan reencontrarse con la vida de nuestros abuelos y desarrollarse en un entorno natural privilegiado.

El pueblo de Laroya –permitan que hagamos un poco de publicidad a un pueblo del que estamos realmente enamorados –cuenta con un patrimonio cultural y etnográfico bastante notable. Hay que destacar la Iglesia de San Ramón Nonato, santo de los partos. Se trata de un monje mercedario de origen aragonés, cuyo apodo “nonato” tiene su origen a la leyenda que asegura que fue extraído del útero de su madre cuando esta ya había muerto. Es un santo antaño muy venerado, por su intercesión en los partos, especialmente en los difíciles. De hecho, se le conoce popularmente como el santo de los partos imposibles. Encontramos templos católicos bajo la advocación de este santo en prácticamente toda la geografía europea y americana. Muy conocida la Iglesia Católica del Bronx, en Nueva York, que está dedicada precisamente a San Ramón Nonato; pero también el santuario de la calle Cervantes de Buenos Aires, el de Oaxaca de Juarez, en México, y la Catedral de Joliet, en Illinois. Visitar este templo, por tanto, es conectar con una de las tradiciones piadosas del catolicismo más internacionales y extendidas en todo Occidente.

Desde una perspectiva arquitectónica y artística, la sencillez del templo es su mayor valor. Se trata de un ejemplo característico de las iglesias rurales del siglo XVII: templos de planta de cruz latina con cúpula vaída sobre el crucero, de pureza neoclásica y magnífico equilibrio de volúmenes, y campanarios coronados por cúpula entre pebeteros ígneos.

En el pueblo también se puede visitar una almazara del siglo XVIII y un museo etnográfico ubicado en el antiguo molino. Pero quizás, lo más interesante sean algunas de sus tradiciones, como la romería de la Virgen de la Estrella, que se celebra en junio. Su origen se remonta a la época de la repoblación, cuando los repobladores de esta zona de la provincia de Almería llegaron desde Navarra, trayendo con ellos el culto popular a la Virgen de la Estrella.

Junto a esta romería, cabe destacar también la fiesta de moros y cristianos, las lumbres u hogueras de San Antón y las famosas “cuartetas de Laroya”. Una antigua tradición, emparentada con el carnaval, que se celebra el Domingo de Resurrección, cuando las cuartetas recorren el pueblo narrando con mucho sentido del humor, los hechos acaecidos en el pueblo y a sus vecinos durante el año.

En el entorno natural de Laroya encontraréis además dos rutas de senderismo de extraordinaria belleza: el sendero de los Molinos y el de Reul Alto1, y sobre todo, podréis disfrutar del Charcón del Buey, una pequeña cascada del río Laroya2, un río que ha ido construyéndose así mismo excavando en la roca su propio cauce a más de 800 metros de altitud y una de las razones por las que Laroya presenta una orografía y paisaje diferente al resto de la comarca.

El clima, además, es muy benigno, porque aunque existe probabilidad de sufrir algunas nevadas en invierno y alguna que otra ola de calor en verano, las temperaturas medias son equivalentes a una primavera eterna: 29°C en julio y de 15°C en enero de temperatura máxima de promedio. Es decir, inviernos y veranos muy suaves.

Con todo esto, no queremos sólo hacer promoción de un pueblo que nos encanta –que también –, sino despertar en el lector y aficionado a los temas de los que hablamos en este blog y en nuestra colaboración en Días de Radio3, el interés y la curiosidad por nuestro entorno, por nuestra riqueza etnográfica, por nuestra cultura y nuestro patrimonio, y por supuesto por nuestra riqueza natural y su conservación. El hombre –ni tampoco los sucesos, siquiera los más enigmáticos –puede comprenderse sin tener en cuenta su contexto. Un contexto que suma la realidad en la que está inmerso, pero también su historia, la cultura, tradiciones y creencias heredades, y el entorno en el que se desenvuelven. No existe mayor error que acudir a una cita con el misterio llevando anteojeras, centrándonos sólo en aquello que queremos ver y sin observar a nuestro alrededor. A veces, el mayor misterio, no tiene que ver con nada sobrenatural o inexplicable, sino con la vida que nos rodea y constituye un milagro de infinita belleza.

Por eso hemos querido hacer esta introducción al pueblo de Laroya, para que sirva de invitación a este y cualquier otro destino, para que no caigamos en error de acudir a un lugar en busca del misterio y obnubilados por el dedo que señala la luna, nos perdamos toda la belleza que nos rodea.

 

Los sucesos de Laroya.

Estos hechos tuvieron lugar en el verano de 1945 y aún están sin resolver, constituyendo uno de los mayores enigmas de la reciente historia de España y uno de los ejemplos de combustiones espontáneas4 mejor documentados y más sorprendentes.

Todo comenzó, según los testigos, el 16 de junio de 1945, cuando sin razón aparente comienzan a arder unos montones de trigo en el caserío de los Franco. Pero lo más llamativo del caso es que al mismo tiempo, en otro lugar del pueblo, en el cortijo Pitango, las ropas de una niña también se incendian. Las llamas envolvían a la pequeña de cuatro años, María Martínez Martínez, que se encontraba sobre su cama y súbitamente vio cómo su delantal comienza a arder con unas extrañas llamas azuladas, extendiéndose al resto de sus ropas. Aquel fuego cesó de repente tras unos minutos de angustia en la que los gritos de la niña alertaron a sus familiares que corrieron en su auxilio, siendo ellos también testigo de lo sucedido.

Inmediatamente después, en otra habitación, comenzó a arder un haz de esparto y unos minutos más tarde, se incendió el pajar, que quedó prácticamente destruido.

 

Súbitamente vio cómo su delantal comienza a arder con unas extrañas llamas

azuladas, extendiéndose al resto de sus ropas.

 

Sólo la presencia de unos trabajadores evitó que el desastre fuera a mayores, y al no encontrar ninguna explicación a los fuegos, se alertó a la Guardia Civil, pues pensaron, en un principio, que estos podrían ser intencionados. Sin embargo, las pesquisas iniciales resultaron desalentadoras. No existía ninguna prueba de participación humana en aquellos incendios.

El misterio, sin embargo, no acaba más que de empezar. Aquella misma tarde, en otro cortijo, conocido como el Cerrajero, se volvieron a ver diferentes incendios. En esta ocasión, los propios guardias civiles que acudieron a investigar lo que sucedía fueron testigos de cómo una olla de lentejas estallo en llamas y varias mantas comenzaron a arder sin explicación alguna.

Al día siguiente, como si se tratara de una plaga bíblica, otros fuegos fueron surgiendo en diferentes cortijos. En algunas ocasiones, los fuegos, que se extinguían con la misma espontaneidad que surgían, llegaban a calcinar mucho del poco mobiliario y los escasos enseres de aquellas gentes, que apenas dos días, habían pasado de una vida sencilla y tranquila, a estar sumidos en una verdadera pesadilla de incendios que los tenía aterrorizados.

 

Los propios guardias civiles que acudieron a investigar lo que sucedía fueron testigos de cómo una olla de lentejas estallo en llamas y varias mantas comenzaron a arder sin explicación alguna.

 

El mayor de los incendios que se sufrieron en aquellos días, quizás fue el de Fuente de Sanz, que acabó con lo que quedaba de aquel cortijo, que se encontraba ya abandonado, por lo que afortunadamente no hubo que registrar pérdidas personales.

El miedo provocado por aquellos incendios se propagó por toda la comarca, aunque no se reportaron fuegos en ninguna otra población de la zona. Los incendios parecían concentrarse sólo en Laroya ¿por qué? Aquella pregunta aún resuena en el aire, sin que nadie haya podido dar con ninguna explicación plausible.

El peor día fue el 24 de junio, cuando se registraron, sólo en esa jornada, más de 100 incendios. Prácticamente un tercio de todos los que se sufrieron en aquel mes de junio.

Los sucesos eran tan extraños, que pronto llegaron a los medios de comunicación. Pero no sólo a los periódicos locales o a los noticiarios de sucesos. Diarios como el ABC le dedicaron portada a aquellos misteriosos fuegos, que muchos comenzaban a identificar como Fuegos de San Telmo5.

 

La investigación científica.

Tanto revuelo causaron los fuego que las autoridades de la época no pudieron dar la espalda a aquel extraño fenómeno y enviaron a un grupo de científicos a investigar el tema. Pero la conclusión a la que llegaron no hizo sino agravar el problema y generar aún más confusión y miedo entre los habitantes del pueblo y las poblaciones cercanas. Según aquella primera investigación, los fuegos no se podían atribuir a ningún trastorno geológico, actividad volcánica, fenómeno eléctrico, ionización de la atmosfera o radiación solar. Siendo también rotundos a la hora de descartar que dichos fuegos fueran causados por la mano del hombre.

Ni hay que decir lo desalentador que fue escuchar aquel informe, que concluía con la lastimera esperanza de que no volvieran a repetirse.

Mientras esto ocurría, los vecinos comenzaron a reportar información de extrañas luminarias, pequeñas bolas blancas de luz que aparecían poco antes de que se originaran los fuegos. También, algunos testigos, hablaban de la aparición de un niño, una figura humanoide muy desagradable de la que parecían surgir los aquellas luces incendiarias. Un niño, o ser parecido a un niño, que nadie en el pueblo, ni el resto de la comarca, era capaz de identificar6.

Ante el fracaso de la primera investigación y la persistencia de los fuegos, se decidió enviar a investigar al profesor José Cubillo Fluiters, jefe del Servicio de Magnetismo y Electricidad Terrestre del Instituto Geográfico y Catastral. Un reputado científico que trajo la esperanza al pueblo. Por fin, esperaban, alguien iba a dar una explicación a lo sucedido y encontrar el modo que aquello parase de una vez.

Sin embargo, tras ser testigo de algunos de aquellos fuego e incluso contemplar atónito cómo su propio instrumental de investigación ardía de modo inexplicable, se marchó del pueblo para no volver jamás, fechando su informe el 30 de junio de 1945 y corroborando la investigación anterior: aquellos fuegos no tenían explicación humana ni científica conocida.

 

La crónica negra de los sucesos.

Nos adentramos ahora en una de las partes más terribles de esta historia, aquella en la que la muerte convirtió este misterio en un suceso trágico que hace que los fuego de Laroya también ocupen un lugar en la crónica negra de España.

Aquella niña a la que se prendió el delantal María Martinez, sufrió otras dos combustiones espontáneas de la ropa que lleva puesta; lo que provocó que en el pueblo comenzaran a conocerla como “la niña de los fuegos”. Tal estigma la llevo a suicidarse bebiendo sosa cáustica. Pero aquí, no acabó la tragedia.

Su hermana mayor, al parecer, se arrojó por un barranco, encontrando también la muerte. Y poco después, su hermano José Martinez, se ahorcó en un cortijo.

Tras estas muertes los fuegos cesaron y Laroya volvió, poco a poco, a la normalidad. Sin embargo aún flotan en el aire muchas preguntas ¿fueron realmente aquellas muertes suicidios? ¿Estaban aquellos hermanos relacionados de algún modo con las combustiones espontáneas que se vivieron en aquel verano terrible de 1945? De ser así, ¿cómo lograban que aquellos fuegos prendieran, cuando, tanto la Guardia Civil, que llegó a destacar en el pueblo a un equipo de investigadores, como varios de los más importantes científicos del momento fueron incapaces de encontrar indicios de la mano del hombre? Y de no tener nada que ver con aquellos tres hermanos ¿qué provocó los fuegos? ¿Por qué pararon de repente tras la muerte de los tres hermanos? ¿Fue una casualidad? ¿Podrían atribuirse a los míticos rayos globulares, tan esquivos para la ciencia? ¿Qué relación tenían las luces que los vecinos decían ver con los fuegos? ¿Están estas luces relacionadas con las luces extrañas que se divisan –aún en la actualidad –en los cielos nocturnos de la Sierra de Filabres? ¿Quién era ese misterioso niño que algunos vecinos aseguran haber visto y nunca llegaron a identificar? ¿Volverán a repetirse alguna aquellos fuegos? Muchas preguntas y ninguna respuesta.

 

Hipótesis menos conocidas.

Hasta aquí, la narración de los hechos y las explicaciones –o falta de ellas –, más conocidas, pero las leyendas entorno a este suceso no han dejado de correr de boca en boca, aventurando algunas explicaciones de lo más curiosas y poco conocidas. Por ejemplo, en la época hubo algunos que achacaron estos fuegos a una maldición de un moro llamado Jamá. Al parecer, este musulmán maldijo al pueblo y a sus gentes tras haber sido denunciado por hereje y falso converso a la Santa Inquisición, ante la cual, Jamá abjuró de la Cruz, siendo condenado a morir en la hoguera. Proceso inquisitorial y ejecución, que según la leyenda, tuvo lugar en Laroya en año 1561.

Otras hipótesis asociaban estos fuegos al regreso de los Refhes, unos humanoides alados que solían aparecer rodeados de fuego. Según los cartagineses, estos seres vivían en el interior de las minas de la Sierra Filabres, donde se ubica el pueblo de Laroya.

La intervención demoníaca tampoco se descartó nunca en la mentalidad y las leyendas de la gente de la zona. No olvidemos, que muy cerca, encontramos el Barranco del Infierno, del que hay muchas referencias a avistamientos de extraños seres ígneos y luces inexplicables.

 

Notas al pie:

1 Ambos son dos senderos circulares donde disfrutar de la naturaleza en su más bella manifestación, donde destacan varias especies naturales autóctonas. El sendero del Molino PR-A 366 tiene unos 10 kilómetros, mientras que el de Reul Alto casi 14 kilómetros. Se recomienda siempre tomar todas las medidas de precaución propias de este tipo de actividades al aire libre y recordar que en invierno suele nevar por estas zonas.

2 Es uno de los afluentes del río Almanzora. A lo largo de su cauce, excavado de manera natural en roca viva, encontramos multitud de acequias y balsas que datan de los siglos IX y X, así como el aprovechamiento de los saltos de agua, como el mencionado Charco del Buey, que se aprovechaban para la construcción de molinos e incluso una tejera para la fabricación de ladrillos. De esta tejera nacieron los ladrillos con los que se construyó la Iglesia de San Ramón Nonato.

3 De la emisora local Candil Radio.

4 Las combustiones espontáneas son un fenómeno muy viejo y conocido. La mayoría de ellas tiene una explicación científica sencilla, dado que suceden por un aumento de la temperatura por reacciones internas exotérmicas. Por ejemplo, una bala de heno podría incendiarse sin causa aparente por un aumento de la temperatura causada por fermentación bacteriana. Pero estos aparentes fuegos espontáneos son fácilmente de explicar tras el análisis de los restos.

Mención aparte es el caso de las combustiones espontáneas humanas, una cuestión en la que la ciencia se muestra muy escéptica, pese a existir más de 200 casos registrados desde el siglo XVIII. Una combustión que no parece tener una explicación científica clara, aunque la mayoría de los científicos se inclinan a considera el llamado “efecto mecha” o “efecto llama”. Este “efecto” sugeriría un fuente externa que quema una parte de la ropa y esta a su vez una parte del cuerpo, provocando que la grasa arda sólo en esa zona, con una llama suave y estable, como la de una vela, la cual sería la causante de la combustión y que en muchos de los casos reportados el cuerpo sólo esté parcialmente quemado.

5 Los fuegos de San Telmo, conocidos en la antigüedad como fuegos de Helena, son un extraño pero muy conocido fenómeno atmosférico provocado por la ionización del aire dentro de un fuerte campo eléctrico que provoca las tormentas eléctricas. Es semejante a una antorcha que se prende en el cielo, y en ocasiones puede llegar a prender también mástiles de barcos. En tierra (aunque son más comunes en el mar) pueden hacer arder pararrayos, árboles altos e incluso los cuernos y astas de algunos animales.

Contra lo que pueda parecer, estos fuegos de San Telmo eran vistos como un buen augurio por los marinos, en especial por los marinos españoles del siglo XV al XVIII, que creían que en las tormentas que aparecieran nada podía peligrar.

El contrapunto de estos fuegos son los rayos globulares o centellas, de los cuales existen también muchos reportes históricos que hacen pensar en fenómenos atmosféricos eléctricos, pero que la ciencia no ha podido verificar su existencia –al contrario que los fuegos de San Telmo –, por lo que la comunidad académica es muy reacia a hablar de ellos.

6 Hay que recordar que estamos hablando de poblaciones pequeñas, de en torno a 100 o 150 habitantes. Pueblos en los que todo el mundo se conoce. Llama la atención, por tanto, que nadie pudiera identificar a ese pequeño “niño”, como lo describían los testigos.

 

Para saber más:

Contreras Gil, Francisco, Enigmas Pendientes, Madrid, Espejo de Tinta, 2007.

Cerezuela, Alberto, Enigmas y leyendas de Almería, Almería, Circulo Rojo, 2009.

Los hechos además fueron novelados por Ezequiel Campos Pareja, en la novela La niña de los Fuegos, editada por Círculo Rojo.

 

Fuentes de las fotografías: 

www.almanzora.ideal.es

www.marderoquetas.com

www.culturandalucia.com

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