¿Estamos entrando en una nueva crisis económica?

Lo cierto es que aunque nadie habla del tema, estamos en una situación de leve estanflación técnica. O dicho de otro modo, estamos asistiendo a un momento de estancamiento económico y aumento de la inflación. Por lo general, y hasta los años setenta, la recesión económica iba acompañada de una caída de la demanda y la consecuente caída de los precios. De este modo, recesión o estancamiento económico e inflación parecían antagonistas, fenómenos económicos que no podían darse simultáneamente. De hecho, las teorías económicas keynesianas se basan en este principio, que estancamiento económico e inflación no pueden coexistir. Sin embargo, estas teorías se formularon tras la crisis de 1929, y no preveían el auge del consumo y los niveles de sobreexplotación de los recursos naturales, en especial los energéticos. Por eso, durante la crisis de los setenta, se puso de manifiesto que las teorías de Keynes, en este aspecto, estaban invalidadas. Podía existir una recesión económica con altos niveles de inflación. ¿La razón? Muy sencilla, el elevado coste de las materias primas y en especial de las energías.

En estos últimos meses estamos viviendo un proceso económico similar. El protagonista hoy es el gas, mucho más que el petróleo, pero no deja de afectar al coste de todas las energías e incluso puede ser uno de los factores que provoquen un gran apagón, como algunos países consideran más que probable que ocurra en los próximos cinco años. Este auge del precio de la energía está empujando el alza de los precios, que unido a la política monetaria expansiva de las grandes potencias económicas para hacer frente a los efectos inmediatos de la pandemia, nos ha empujado a una situación de estanflación.

Esta situación puede ser el detonante de una crisis económica muy cercana en el tiempo. De hecho, nadie cuestiona la llegada de la crisis, la única incógnita es saber cuándo ocurrirá.

Desde un punto de vista económico, la crisis ya ha llegado, la inflación seguirá elevada al menos entre tres y cinco años, coincidiendo con un proceso de estancamiento económico e incluso recesión económica que nos conducirá a un escenario económico similar al que se vivió durante la década de los setenta.

Es verdad que la inflación por si misma –e incluso unida a un estancamiento de la economía– no causa una crisis. Hace falta un detonante que nos lleve a la recesión. Y es aquí donde encontramos los primeros riesgos que pueden causar una caída de la economía: China y las burbujas financieras.

Para muchos analistas, la caída de Evergrande, el gigante inmobiliario chino, es el principio del fin del modelo de crecimiento de China tal y como lo conocemos, lo cual afectará  a la economía de todo el planeta. En realidad, de no ser por el etnocentrismo de los medios de comunicación, la quiebra de Evergrande estaría al nivel de la quiebra de Lehman Brothers, que prendió la mecha de la crisis financiera de 2008, con las consecuencias que todos conocemos.

Por desgracia, los medios de comunicación y los analistas no parecen muy interesados en lo que ocurre en el gigante asiático, y más allá de los corrillos vinculados a los mercados financieros, no se está hablando del impacto tremendo que puede tener esta quiebra en la economía mundial.

Por supuesto, todo depende de cómo el gobierno chino gestione esta situación, pues aún tienen mucho margen de maniobra, pero la economía china se enfrenta también a otros retos, como son la caída de la demanda al existir una tendencia en occidente a recuperar ciertas industrias estratégicas, cuya deslocalización ha tenido unos efectos terribles durante la crisis del covid.

El segundo gran riesgo al que nos enfrentamos es el estallido de una nueva burbuja financiera. ¡Y tenemos un montón de burbujas que elegir! La primera, la propia bolsa de valores. La recuperación de los niveles anteriores a la caída del 30% que provocó el covid no se corresponden con el aumento del consumo ni la inversión. En realidad, es puramente especulativa, paradójicamente empujada por la propia inflación. Para comprender este fenómeno, sólo tenemos que fijarnos en el comportamiento de la bolsa de valores de Buenos Aires. Argentina es un país que sufre desde hace décadas una elevadísima inflación. Esto supone una depreciación del valor de su moneda. Sin embargo, las acciones de las empresas que cotizan en bolsa no para de subir. De hecho, la revalorización media del MERVAL, el principal índice argentino, ronda el 75% anual. ¿Cómo es esto posible? Muy sencillo: ante la devaluación del dinero se adquieren acciones para poseer un título convertible en vez del dinero, porque las acciones resistirán mejor que el papel moneda la presión inflacionista. Sin embargo, esto tiene también sus riesgos, pues engorda artificialmente el valor de las acciones generando burbujas que arrasan economías enteras al estallar.

Mención aparte merecen las tecnológicas, en especial los conocidos “unicornios”. Tesla, por ejemplo, ha visto aumentar su valor un 1.157% en los últimos años. Pero las empresas de vehículos eléctricos de Elon Musk no ha logrado encadenar dos trimestres consecutivos de beneficios. Es decir, Tesla crece en bolsa mientras que su cuenta de resultados está en números rojos. Algo que pasa también mucho con las “no cotizadas”, esas startup que prometen cambiar el mundo, pero entre que lo logran o no –o se les adelante la competencia o surge otra tecnología disruptiva que las deja obsoleta–, no paran de acumular pérdidas. Sin embargo, cuanto más crecen los números rojos en su cuenta de resultados, más parece aumentar el valor de sus acciones.

La explicación a este fenómeno es simple y muy antigua: avaricia. La riqueza que las nuevas tecnologías han generado, provoca que muchos pequeños y medianos inversores quieran probar suerte –como si una ruleta de casino se tratara– en proyectos tecnológicos. Cuanto más ambicioso sea el proyecto o tecnología, mejor. Esto ha provocado un exceso de liquidez en los venture capital, que ya no saben qué hacer con tanto dinero que les llega y lo colocan en todo lo que pueden, generando una burbuja de “unicornios” (nombre que se usa en el argot para las startup que tienen éxito) provocando una suerte de profecía autocumplida. Saben perfectamente que la mayoría de las empresas en las que invierten su dinero no aportan ningún valor y que desaparecerán en pocos años. Pero mientras suena la música ellos bailan. Al fin de cuentas, es para eso para lo que les pagan sus clientes.

Responsabilizar a los gestores sería lo más fácil y también lo más injusto. Ellos hacen su trabajo. Es el ahorrador/inversor quien toma la decisión inundando el mercado de las venture capital tecnológicas en vez de redirigir sus inversiones a sectores más tangibles y próximos a la economía real y no a las promesas de futuros que están por llegar. Y no porque sean visionarios –como ocurre con los gurús de las tecnológicas– sino por pura avaricia. Si no conoces las diferencias entre Hadoop y Qizmt, ¿qué haces invirtiendo en empresas relacionadas con el Big Data? La primera regla de un buen inversor es invertir sólo en aquellos sectores y empresas que conoces y dominas. Sin embargo, en aras de los beneficios que ofrecen las tecnológicas, esta regla se ha olvidado completamente y se ha generado una más que hiperinflada burbuja entre las startup.

Igual podríamos decir de otras de las burbujas que existen en la actualidad: las criptomonedas. Estas han sustituido al oro y a otros productos de inversión en la mente de toda una generación de inversores que mediante CFD y otros productos derivados están invirtiendo en las criptomonedas como Etherium o BitCoin. El problema es que estas monedas no son realmente monedas porque no se pueden usar a la hora de hacer los pagos. Y no se pueden usar porque son muy volátiles. El precio de una criptomoneda puede variar un 20% sin despeinarse en cuestión de días. ¿Quién va a aceptar una moneda que puede devaluarse un 20% en días como medio de pago? ¿Y quién va a querer pagar con ella, desprendiéndose de la moneda que puede incrementar su valor un 20% en tan solo una semana? Este es el motivo por el que las criptomonedas a día de hoy son sólo un producto de inversión, tan arriesgado como las apuestas deportivas. Razón por la que muchos analistas predicen que el fin de las criptomonedas llegará entre 5 y 10 años. En realidad, puede que mucho antes.

Personalmente, no creo que desaparezcan, pero vivirán un proceso de cambio muy profundo en los próximos años. Quizás, la actual situación económica y el miedo a la creciente inflación les aporte un balón de oxígeno que se prolongue entre 3 y 5 años, pero están condenadas a transformarse o morir. ¿Por qué? Por el propio avance de las tecnologías. Como ocurre con la inversión en venture capital y startup, muchos de los inversores en criptomonedas desconocen los principios básicos de este tipo de activo, los riesgos inherentes y las previsiones tecnológicas. En especial, el riesgo lo encuentran en el desarrollo de los metaversos. Ahora, para muchos, esta sigue siendo una cuestión de ciencia ficción, pero tanto Facebook como otros grandes gigantes tecnológicos están preparando metaversos en Vr que cambiarán todo el universo virtual. Y estos metaversos serán los que impongan sus monedas digitales, provocando la devaluación de las actuales. Además, en el universo digital, como consecuencia del propio éxito de las criptomonedas, que ha causado un incremento injustificado de su valor, se abre paso con fuerza la negociación en NFT o token no fungibles. Estos token se basan en los blockchain igual que las criptomonedas, pero a diferencia de estas son únicas cuyo valor es conocido en todo momento, lo cual permite un intercambio más justo y menos arriesgado de los activos digitales. Este modelo de transacción no tiene por qué poner entredicho las criptomonedas en sí, pues en las actuales plataformas de intercambio de NFT se suelen usar etherium y bitcoin como monedas de compensación en las transacciones. La cuestión es cuando estas plataformas se alojen dentro de metaversos virtuales controlados por gigantes como Facebook o Amazon, que desarrollarán sus propias monedas digitales mucho más estables que las actuales. Esto supondrá una transformación total en el universo de las monedas digitales.

Pero pensemos que no ocurre así y sobreviven al impacto que les causarán los NFT y las monedas digitales de los metaversos por llegar. ¿Ha desaparecido todo el riesgo? Para nada. Además del intrínseco a cualquier especulación financiera nos vamos a encontrar, de nuevo, con las energías. La huella de carbono de una transacción con Ethereum es de 46,54 kg de CO2, lo que nos da una idea del coste económico y medio ambiental que generan estas monedas digitales. Que en el marco de la actual situación energética global, harán muy difícil su continuidad si no son capaces de solucionar esta cuestión. Y esta es otra de las ventajas de los NFT, que su huella ambiental, aunque sigue siendo alta, reduce los costes energéticos a la mitad, en concreto, el coste medio en CO2 de un NFT es de aproximadamente 20kg.

Cualquiera de estos riesgos mencionados, desde China a las criptomonedas, pueden ser los detonantes de la recesión, en el marco ya existente de una estanflación que se prolongará, probablemente, un mínimo de tres años.

Esta situación nos lleva a considerar que el próximo 2022 será el año en el que muchas economías empiecen a encadenar dos trimestres consecutivos en cifras negativas, que es lo que certifica la entrada en recesión. Y que esto lo sufriremos en el marco de una importante inflación. No obstante, hay una cosa que aún puede salvarnos: los felices años 20.

Muchos analistas consideran que tras la pandemia vamos a vivir una euforia colectiva, tal y como ocurrió tras la pandemia de 1917. Esta euforia será una etapa de desenfreno sexual y derroche. Una época similar a la que se vivió durante los felices años 20 del pasado siglo. Sin embargo, no parece, según las previsiones de quienes apoyan esta teoría, que vaya a durar tanto. Y es que la sociedad ha cambiado mucho desde entonces, ya no existe la represión anterior a aquellos años, y los cambios, en cualquier caso, se han acelerado, lo que invita a pensar que de darse esta euforia en breve, esta sólo se prolongaría dos o tres años. Es decir, si el 2022 no certifica la crisis económica, y en especial la estanflación, está sobrevendrá en 2024 o 2025 como muy tarde.

 

Un  extra:

La correlación entre el oro y la bolsa.

De todos es sabido que el oro es un valor refugio que permite conservar el patrimonio financiero en tiempos de recesión económica, sobre todo cuando las bolsas caen. Sin embargo, la realidad es algo más compleja. En el fondo, de lo que estamos hablando es de un indicador adelantado. Es decir, de un impulso de caída o subida que se produce con antelación. La tendencia general es que el oro cae antes que las bolsas y también se recupera antes, prediciendo así los grandes movimientos financieros y permitiendo obtener ventaja. Pues si vendes las acciones cuando el precio del oro cae y compras oro, podrás venderlo después a un nivel más alto y comprar acciones que aún estarán muy bajas. El siguiente cuadro de sotckcharts.com lo explica visualmente:

Un simple vistazo nos permite apreciar como el oro anticipa entre 12 y 13 periodos la caída del S&P500. Sólo falló en dos ocasiones.

En la actualidad, también se puede apreciar esta correlación con las criptomonedas, cuya variación también parece adelantar los movimientos bursátiles. Y estos gráficos actuales nos permiten sospechar que las próximas semanas no parecen ser muy buenas para los mercados financieros. Una caída de las cotizadas que algunos aseguran como antesala de la crisis que se nos viene encima. La respuesta, en sólo unos meses.

 

Fuentes de las fotografías:

1.- www.elcomodorense.com

2.- www.experimenta.es

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