Brujería en Canarias: Teno y Anaga.

Escucha nuestro podcast en «Días de Radio» (Candil Radio) – 02/12/2021

Volvemos a las Islas Canarias, en esta ocasión a hablar sobre tradiciones, superstición y brujería. Estas islas, tan asociadas a su pasado guanche, convivieron con prácticas y escenarios que, aunque cambiaron sus nombres y sus funciones, mantuvieron una gran cantidad de la esencia de su pasado.

Canarias es cruce de caminos entre Europa, América y África. Lo ha sido desde hace siglos, tanto en lo económico, como en lo político, lo militar y, por supuesto, como nexo y lugar de encuentro entre culturas. Si a esto le unimos su pasado guanche, nos encontramos con un tesoro etnográfico y antropológico único en el mundo, donde el pasado y el presente se han dado la mano generación tras generación, conformando unas tradiciones populares que aunaban las creencias heredadas de los antepasados con el discurso religioso oficial. Para fijar el debate, quizás sea interesante recordar el significado etimológico de superstición, que tiene su origen en superstitio que podríamos traducir como “lo que sobra”. En relación, fundamentalmente, a todas aquellas creencias, antiguas o nuevas, que ponían en duda la fe católica, estaban en contradicción con ella, le restaban protagonismo a la Iglesia como mediadora entre los hombres y lo divino o simplemente se consideraban innecesarias para el devoto. Fue Santo Tomás quien definió la superstición tal y como se conoció en la Edad Media y Moderna, considerándola un culto indebido a Dios.  

Es importante que comprendamos esta cuestión, pues la tolerancia de la Iglesia en algunas zonas se volvía condena inquisitorial en otras, pues muchas de estas prácticas no estaban relacionadas con el culto al maligno, sino con una visión animista de la religión cristiana. Hablamos de formas de culto alejadas de la liturgia católica pero que adoptan elementos de la misma. Es el caso, por ejemplo, del llamado “exceso de idolatría”, donde el culto a una virgen o a un santo no es en realidad un culto de mediación ante Dios, sino el culto a un ser con poderes propios capaz de obrar milagros que desde el punto de vista teológico sólo podían ser atribuidos a Dios. Por extensión, el culto e invocación a las ánimas, la atribución de significados y poder mágico a plantas, animales o ciclos lunares era también parte de esta superstición, ante la cual la Iglesia tuvo una actitud ambigua, pues ayudaba a propagar la fe en las zonas rurales, pero también suponía un riesgo para la hegemonía de la propia Iglesia.

La brujería, por su parte, es vista en esta época como un abandono del culto a Dios y el culto al mal. No es tanto una cuestión de herejía –también perseguida por la Inquisición– ni de superstición o culto inadecuado a Dios, según los criterios católicos vigentes en cada época. Estamos ante la renuncia a los Sacramentos y a Dios en favor del Diablo. La renuncia a los Sacramentos sin la sustitución de Dios por el Diablo se situaría dentro de la apostasía y no dentro de la brujería, según las convenciones de la época. La brujería precisaba de algo más: del culto a Satán.

¿Por qué? Porque era necesaria la feminización del mal y la feminización de la desigualdad. La Iglesia se ensaña contra la mujer, pues la considera de condición inferior al hombre y responsable de la expulsión del hombre del Paraíso. En esto, de nuevo, la etimología nos da muchas pistas: fémina significa “fe” “minus” “fe menor”[1], en clara referencia a una supuesta malicia innata de la mujer, de quien se discutía incluso si tenía alma.

Basta acercarse a cualquier periodo inquisitorial para darse cuenta que la mayoría de las condenas las sufrían las mujeres, en especial mujeres mayores, viudas o solteras, y pobres. En Canarias, además, había un rasgo racial en las condenas de brujería. La mayoría eran de origen guanche, africano, indias americanas o descendientes de la unión mixta de europeos con alguno de estos tres grupos de mujeres. Pero, sobre todo, eran pobres.

Y es que la brujería nos ha acompañado y acompañará durante toda la historia de la humanidad, permeando todas las culturas y épocas, pues en esencia corresponde a la resistencia de las clases populares a las imposiciones y vetos del discurso hegemónico. Por eso, y esto es lo más importante a tener en cuenta, la bruja cumple una función social. Cubre necesidades que están íntimamente relacionadas con la frustración y temor de la comunidad.

Pero al hacerlo, al cubrir esas necesidades, cuestiona el orden establecido. Ya no es la Iglesia, ni el poder político ni económico el que logra satisfacer una necesidad individual o comunitaria o protegerse de algún mal. Es la bruja y, por extensión, los poderes ante los que intermedia, los que han hecho posible dar respuesta a esa necesidad no satisfecha por el orden establecido. Lógicamente, los defensores y privilegiados por ese orden establecido, se sienten cuestionados y estigmatizan a la bruja. La asocian al mal y a lo demoníaco, para inmediatamente después, humillarla, torturarla y quemarla en la hoguera. Pues no sólo hay que acabar con la bruja –dado que su propia existencia cuestiona el orden establecido y el discurso hegemónico de la sociedad–, sino que su castigo debe ser ejemplarizante y persuadir a todos de no seguir ese camino.

Sin embargo, en la marginación y pobreza del campesino y el trabajador, la bruja seguía surgiendo una y otra vez como único recurso cuando todo está perdido. Allí donde no llegaba el discurso oficial, llegaba la bruja. No es de extrañar, por tanto, el enorme legado que han dejado, presente incluso en la topografía. En Canarias, por ejemplo, podemos hablar del Llano de las Brujas (dónde hay un importante yacimiento arqueológico), el Bailadero (en el barrio de San Francisco) o el Bailadero de Brujas en la isla del Hierro, Degollada de las Brujas, dentro de la Reserva Natural de Inagua, por citar unos pocos sitios. Si bien es cierto que, incluso entre las brujas y también desde la visión popular, existían clases y tipos de brujas que gozaban de mayor o menor aceptación según la función concreta que desarrollaban. Así, los curanderos y curanderas estaban mejor vistos y aceptados que la hechicera, que casi siempre, y prácticamente en exclusiva, era una mujer.

 

El curanderismo canario.

Las creencias y las prácticas de quienes son considerados curanderos en Canarias bailan entre la pervivencia de ideas anteriores a la conquista y el sincretismo católico. Esta mezcolanza, motivada quizá por influencia, quizá por instinto de supervivencia ante el miedo a la persecución por la Inquisición, dio origen a una expresión de espiritualidad tradicional de un interés antropológico innegable.

Debemos ubicarnos en el contexto: durante la Edad Moderna eran muchos los viajeros que, con destino al continente americano, recalaban en las tierras canarias, trayendo consigo ya no solo sus creencias, sino epidemias y enfermedades. La población nativa, por lo tanto, guardó siempre ciertos recelos, y continuaron “confiando” en la tradición curativa de su pueblo. Esta, debido a las circunstancias geográficas, se desarrollaban con aquello que existía a mano.

El curanderismo canario asocia elementos naturales (plantas, prácticas manuales -masajes, recolocación de huesos-, etc.) con la oración, que con el tiempo fue asociándose a la Iglesia Católica, sustituyendo deidades y espíritus antiguos por devociones de denominación cristiana.

Es así que los curanderos atajaban males de ojo, carnes abiertas o malos aires tanto como “jeitos” y dolores musculares. Tiene gran sentido en un pueblo dedicado en su mayoría al campo y la ganadería en el interior y a la pesca y labores relacionadas con el mar en sus costas: un cuerpo dolorido es un cuerpo al que no se podía someter a un trabajo duro, y eso repercutía no solo en la supervivencia individual, sino que comprometía al colectivo.

 

La brujería canaria.

Hablar de brujería canaria es muy similar a hacerlo de curanderismo. Aunque diferentes, tienen raíces similares y parecidos más que razonables. Practicada mayormente por mujeres durante todo su desarrollo y ya prácticamente desaparecida, puede relacionarse con una suerte de nigromancia. Y si lo pensamos bien, tiene sentido dentro de esta idiosincrasia tradicional de la sociedad canaria: la mujer es la que mejor conocía el cuerpo humano. Lo alimentaba y lo veía crecer día a día. Aquí es donde entra una denominación clave en lo que estamos hablando: las santiguadoras, que fueron las que principalmente conservaron antiguas prácticas y creencias, salvaguardándolas de la persecución del fanatismo de las nuevas creencias impuestas. No curaban solo lo físico, sino también lo espiritual, “cosiendo” lo material y lo inmaterial a través de sus oraciones, repetidas como mantras.

Otra figura clave es la de la hechicera, cuya función ya era distinta a la de los curanderos y las santiguadoras. Esta, a través de sortilegios y prácticas consideradas mágicas, intentaban influir en la realidad de quienes acudían a ellas para modificarla. Asuntos de amores, deseos materiales, etc., parecen ser los aspectos más trabajados por ellas.

Los habitantes de Canarias, durante siglos, creyeron fervientemente en la realidad y el poder de estas figuras que continuaban presentes allí a pesar de las constantes visitas de los inquisidores a las zonas rurales de las islas, acudiendo a curanderos y santiguadoras con mayor o menor fama, cubriendo en ocasiones distancias de una envergadura considerable para ser atendidos.

 

Las brujas de Teno y Anaga.

El Macizo de Teno está localizado en el extremo más noroccidental de la Isla de Tenerife, dentro de la demarcación de varios municipios, entre ellos Buenavista del Norte, Los Silos y Garachico. Con un paisaje de una belleza increíble, fue el lugar de residencia de muchísimas personas, hoy, por desgracia, ya con muy pocos habitantes. Dedicados a la agricultura y la ganadería, es una de las zonas donde más creencia ha existido en este tipo de prácticas.

Aquí las brujas, según las historias orales que han entretenido (y asustado) a generaciones enteras durante siglos, eran seres casi sobrehumanos, con poderes increíbles que les permitían transformarse en animales, volar o desaparecer. Contaban que, cuando aparecían, la oscuridad era de una densidad pasmosa, y que robaban el ganado o los cultivos. Muchas historias coinciden con la desnudez, la nocturnidad y los bailes.

Asociadas a espacios concretos, como las veredas de los caminos o los bosques, la brujería en esta zona de Canarias cuenta con un documental “Brujas de Teno”, de Géster Regalado y Beatriz Fariña.

En cuanto a Anaga, hay que decir que se encuentra en el extremo nordeste, también en la Isla de Tenerife, y hoy da nombre a la zona más extensa de su capital, Santa Cruz. Aquí las brujas aparecen asociadas a un elemento arquitectónico insular típico: el bailadero. Este lugar era utilizado para aquelarres, y está ubicado entre San Andrés y Taganana. Es sencillo adivinar qué es lo que se hacía en este lugar: bailar alrededor del fuego.

Es muy probable que estos lugares lo fuesen de reuniones generales festivas para el conjunto de la sociedad guanche antes de la conquista, pero que, poco a poco, continuaron siendo espacios de encuentro para quienes continuaron celebrando algunas de sus prácticas rituales, ocultándose para protegerse de las consecuencias de ser acusadas de prácticas heréticas.

 

Notas al pie:

[1] Nos referimos a la etimología popular o falsa etimología. En realidad, fémina debería traducirse como “la que amamanta”. Sin embargo, la etimología y significado usado en la Edad Media y la Edad Moderna tiene su origen en el Malleus Maleficarum donde se dice “Dicitur enim faemina, quia semper minorem habet et seruat fidem” (porque se dice que es mujer, por conservar y tener menos fe).

 

Para saber más:

1.- www.revistabinter.com

2.- www.bibliotecadecanarias.blogspot.com

3.- www.ictraediciones.es

4.- www.eldiario.es

5.- www.wikipedia.org

 

Fuentes de las fotografías:

1.- www.abc.es

2.- www.theconversation.com

3.- www3.gobiernodecanarias.org

4.- www.infonortedigital.com

5.- www.fotoscurbelo.blogspot.com

 

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